domingo, 28 de junio de 2009

Auto Entrevista

-Podrías invitarme a una cerveza primero.

-¿Cómo dijiste?

-Si vas a preguntarme cosas como ¿por qué escribo?, deberías invitarme a tomar algo antes.

-¿Qué tiene de mala esa pregunta?

-La pregunta no es mala.

-¿Entonces?

-Es mala quien la hace. Es mala porque quieres la cuña. Es mala, porque en verdad no me estás escuchando. Dime mejor, ¿por qué tú escribes?

-¿Yo?

-No…Yo, por supuesto que tú.

-Escribo porque tengo mal tono. Imagino cosas, pero cuando las digo, no suenan como las pensé. Pongámoslo así, mente y voz simplemente no calzan.

-¿Qué más?

-Que a veces me encantaría tener esa voz gruesa y melancólica, incluso atractiva de viejo. De esos viejos que se sientan en la micro y recorren los barrios en lo que crecieron. Que se sacan los lentes y con un pañuelo limpiándose los ojos, disimulan un poco la pena. Que fingen. Que después leen el diario para que nadie se de cuenta. Es como la pena de no corresponder, de no sentirse parte.

-Parece escena de película repetida, de película argentina repetida. Tu viejo podría ser un protagonista inventado por Benedetti.

-Ese es el otro problema. Tratar de no caer en lo obvio, en lo anunciado, en el molde.
Gran parte de los periodistas de prensa, son escritores frustrados que juraron lanzar la gran novela del siglo XXI. Y todos los que se dedican un poco a esto, terminan igual. Todos quieren ser parte del gran envase del nuevo periodismo, que de nuevo y novedoso nada tiene. Ser periodista, tiene un poco de creer que García Márquez es la última palabra en escritura. Sólo para que la señora Juanita, con algún nombre barroco por detrás, sienta que es entretenida la actualidad.

-Explícame

-Es una especie de fórmula. Toma una persona y conviértela en personaje. Hazla pasar por algo, como un recuerdo, como un viejo recordando su infancia en una micro oruga del Transantiago. Hazlo llorar. Hazlo recordar a su viuda. Dale realismo mágico a la ciudad. Juega con la temporalidad entremedio y tendrás una nota ganadora. Parte con algo así como “Cuando Hortensio Sepúlveda recorría las calles aledañas al Parque Forestal y miraba hacia el Mapocho, no pudo evitar recordar a Matilde, mientras las lágrimas se acumulaban en su boca.”

-Pero esas pueden ser buenas notas

-A veces, incluso a mi me gustan a ratos. Pero cansan, porque todo el mundo las escribe.

-¿Cuál es el problema entonces?

-Que estudio, para aprender a cómo no hablar. Que reproduzco historias de otra gente, que en verdad no hay poco tiempo para reflexionar sobre algo, que nadie paga por leerte a ti. Creo que por eso escribo, porque uno aprende a conversar con personas, aprende a romperles el discurso social. Si lloran, tanto mejor, pero tú no dices nada. Porque el periodista está condicionado de cierta forma a ver la mitad vacía del vaso. “Porque hay que denunciar” y eso está bien. Escribo porque necesito decirme esto, sin que alguien lo corrija por estar confuso, por no ser lógico, porque el lector simplemente se va a aburrir. Es quizás el acto más narcisista que podría hacer, pero creo que escribo porque a ratos necesito que alguien me pregunte a mí, aunque termine siendo yo mismo.

-De nada.

-Gracias. Debería haber sido viejo.

-Y yo periodista.

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